La importancia de no propagar bulos en Internet, y cómo detectarlos

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Mucho antes de que existieran las redes sociales, e incluso mucho antes de la llegada de la web, y del correo electrónico doméstico, existían los bulos, las leyendas urbanas y las cartas en cadena, que no dejaban de ser una forma primitiva de lo que hoy sufrimos a través de WhatsApp o por email.

Por ejemplo, la estafa nigeriana es una versión moderna del “cuento del tío”, y es una estafa similar al timo de la estampita y al tocomocho, y en general todos se valen de engaños e historias con gancho para captar incautos. Pero en el mundo de Internet, los bulos adquieren mayor dimensión, porque van desde las golosinas con drogas en los colegios, las frutas contaminadas con enfermedades, las colonias con drogas o los raptos a menores, y suelen crear una cierta alarma social.

La mayoría de estos bulos se propagan por una razón muy sencilla: por si acaso. Por si acaso fuesen verdad, por si tienen alguna veracidad, “no vaya a ser”, “que por mí no quede”, y lo cierto es que ninguno es cierto. No es posible infectar plátanos con VIH, no existe constancia de que haya vendedores de colonia que duermen a sus víctimas para robarles sus pertenencias, nadie regala caramelos drogados en los colegios.

El problema es que este tipo de mensajes se difunden muy rápidamente por las razones anteriores, pero la gran mayoría son fácilmente identificables como una patraña con hacer unas pequeñas averiguaciones en la red, y por supuesto, acudiendo a las fuentes oficiales como, en muchos casos, la Policía.

Es importante no difundir este tipo de bulos (y otros como las amenazas de bomba, aumento de los niveles de Alerta Antiterrorista, y demás mensajes similares) por el principio de que son falsos y pueden alarmar a la sociedad sin necesidad. Los argumentos de este tipo de mensaje suelen ser bastante pueriles, como “me han dicho que pasó en…”, “Confirmado” o “lo leí en un grupo en el que está un amigo policía”, y por ese motivo deben ser mayor motivo de escepticismo.

Otra pista fácil es que la mayoría de estos bulos son anónimos, o utiliza nombres falsos y ridículos, o se dirigen a nosotros con una generalidad. Suelen hacer referencia a instituciones y fuentes fiables a priori, pero que en realidad jamás se han pronunciado sobre el tema. Su redacción es neutral, y lo más atemporal posible, y todos cuentan con el “gancho” para llamar la atención.

Este gancho suele ser el miedo (de que rapten a unniño, de que haya un atentado en mi ciudad, de que haya frutas infectadas…), o el morbo, o algún ardid de tipo económico para que veamos un negocio donde no lo hay (desde la estafa nigeriana a los cupones de descuento falsos o los iphone que no se pueden vender y por tanto se regalan).

Normalmente incluyen una petición de reenvío con el fin de captar direcciones de correo, o teléfonos, o cualquier dato personal para crear bases de datos, aunque también puede haber un objetivo como transmitir malware o el mero interés por sembrar el pánico, la sospecha o el desasosiego entre la población.

El antídoto para evitar este tipo de bulos es sencillo:

  • No difundir jamás al momento, sin pararse a pensar.
  • Preguntarse si lo que estamos leyendo puede ser cierto.
  • Preguntarse, en caso de que creamos que es cierto, si difundiendo a todos nuestros contactos vamos a solucionar algo, o si es mejor dirigirse a la Policía o la Guardia Civil.
  • Ante todo, buscar la fuente de la información, contrastar, y reflexionar.
  • En la mayoría de los bulos, basta una búsqueda en Google para encontrar el mismo texto de otras épocas, y siempre relacionado con la palabra HOAX, engaño, timo…

Y sobre todo, hay que ser conscientes de que difundir la información que sea, sin contrastar, contribuye a aumentar la confusión, a que haya más información inverosímil ahí fuera, y en la mayoría de los casos, contribuye a que los estafadores logren sus objetivos.

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